EE.UU. vs. China una guerra entre dos sistemas económicos y sociales

La confrontación entre Estados Unidos y China no es simplemente una rivalidad nacional, militar, o ideológica, sino un conflicto de sistemas económicos y sociales. La política de financiarización neoliberal de EE.UU. frente al socialismo industrial de China.

Por Michael Hudson
En 1532 “El Príncipe” de Niccolo Maquiavelo describía tres opciones de cómo un estado que conquistó el poder podría tratar a los estados que derrotó en la guerra, pero que “han estado acostumbrados a vivir bajo sus propias leyes y en libertad: la primera es arruinarlos, lo siguiente ocuparla en persona, y el tercero es permitirles vivir bajo sus propias leyes, pero cobrándoles un tributo y estableciendo dentro la misma una oligarquía que sea amistosa con ustedes”. [1]
Maquiavelo prefirió la primera opción, citando la destrucción de Cartago por parte de Roma. Eso es lo que Estados Unidos le hizo a Irak y Libia después del 2001. Pero en la Nueva Guerra Fría de hoy en día, el modo de destrucción es principalmente económico, a través de sanciones comerciales y financieras como las que Estados Unidos ha impuesto a China, Rusia, Irán, Venezuela y otros adversarios designados. La idea es negarles insumos clave, sobre todo en tecnología esencial y procesamiento de información, materias primas y acceso a las conexiones bancarias y financieras, como las amenazas de Estados Unidos de expulsar a Rusia del sistema de compensación bancaria SWIFT.

Confiscando las riqueza de los invadidos
La segunda opción es ocupar los territorios rivales. Esto solo lo hacen parcialmente las tropas en las 800 bases militares estadounidenses en el exterior. Pero la ocupación habitual y más eficiente es mediante la captura y posesión de su infraestructura básica por parte de las empresas estadounidenses, poseyendo sus activos más lucrativos y remitiendo sus ingresos al núcleo imperial.
El presidente Trump dijo que quería apoderarse del petróleo de Irak y Siria como reparación por el costo de destruir a esos países. Su sucesor, Joe Biden, buscó en el 2021 nombrar a Neera Tanden, leal a Hillary Clinton, para encabezar la Oficina de Administración y Presupuesto (OMB) del gobierno. Ella había instado a que Estados Unidos hiciera que Libia entregara sus vastas reservas de petróleo como reparación por el costo de destruir a su sociedad. Los EE.UU. “Tenemos un déficit gigante. (Los libios) Tienen mucho petróleo. La mayoría de los estadounidenses elegirían no participar en (la conquista de) el mundo, debido a ese déficit. Si queremos seguir participando en el mundo, gestos como que los países ricos en petróleo nos paguen parcialmente (nuestra deuda) no me parecen una locura”, dijo ella. [2]

Gobernados por oligarquías clientes
Los estrategas estadounidenses han preferido la tercera opción de Maquiavelo: dejar al adversario derrotado nominalmente independiente, pero gobernarlos a través de oligarquías clientes. El asesor de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, se refirió a ellos como “vasallos”, en el clásico significado medieval de exigir lealtad a sus amos estadounidenses, con un interés común de que la economía (de sus países) sea privatizada, financiarizada, gravada y transferida a Estados Unidos por su patrocinio y apoyo, basado en un interés mutuo contra la afirmación democrática local de la autosuficiencia nacionalista y de mantener el excedente económico en casa, para promover la prosperidad nacional en lugar de ser enviado al exterior.
Esa política de privatización por parte de una oligarquía cliente, con su propia fuente de riqueza basada en la órbita estadounidense, es lo que logró la diplomacia neoliberal estadounidense en las antiguas economías soviéticas después de 1991, para asegurar su victoria de la Guerra Fría sobre el comunismo soviético. La forma en que se crearon las oligarquías clientes fue una incautación y privatización que rompió por completo las interconexiones económicas que integraban las economías. “Para ponerlo en una terminología que se remonta a la era más brutal de los imperios antiguos”, explicó Brzezinski, “los tres grandes imperativos de la geoestrategia imperial son prevenir la colusión y mantener la dependencia de las seguridad entre los vasallos, para mantener las tributaciones flexibles y seguras, y prevenir que los bárbaros se unan”. [3]

La unión de los “bárbaros” China y Rusia
Después de reducir a Alemania y Japón al vasallaje, tras derrotarlos en la Segunda Guerra Mundial, la diplomacia estadounidense redujo rápidamente a Gran Bretaña y su área de la libra esterlina imperial al vasallaje en 1946, seguida, a su debido tiempo, por el resto de Europa Occidental y sus antiguas colonias. El siguiente paso fue aislar a Rusia y China, mientras se evitaba que “los bárbaros se unieran” (Nota del Traductor: la pesadilla que Halford Mackinder previó en 1904). Si se unían, advirtió Brzezinski, “Estados Unidos podría tener que determinar cómo hacer frente a las coaliciones regionales que buscan expulsar a Estados Unidos de Eurasia, amenazando así el estatus de Estados Unidos como potencia mundial”. [4]
Para el 2016, Brzezinski vio cómo la Pax Americana se deshacía de su fracaso en lograr estos objetivos. Reconoció que Estados Unidos “ya no es la potencia imperial mundial”. [5] Eso es lo que ha motivado su creciente antagonismo hacia China y Rusia, junto con Irán y Venezuela.

Confrontación de dos sistemas
El problema no era Rusia, cuya nomenklatura comunista dejaba que su país fuera gobernado por una cleptocracia de orientación occidental, sino China. La confrontación entre Estados Unidos y China no es simplemente una rivalidad nacional, sino un conflicto de sistemas económicos y sociales. La razón por la que el mundo de hoy se está sumergiendo en una Guerra Fría 2.0 económica y casi militar, se encuentra en la perspectiva del control socialista de lo que las economías occidentales, desde la antigüedad clásica, han tratado como activos rentables de propiedad privada: dinero y banca (junto con las reglas que rigen la deuda y la ejecución hipotecaria), la tierra y los recursos naturales y los monopolios de la infraestructura.
La decisión sobre si el dinero y el crédito, la tierra y los monopolios naturales serán privatizados y debidamente concentrados en manos de una oligarquía rentista o utilizada para promover la prosperidad general y el crecimiento, es básicamente el gran contraste entre el capitalismo financiero y el socialismo (capitalista).

Un conflicto de hace 2,500 años
Sin embargo, en sus términos más amplios, este conflicto ya existía hace 2,500 años, en el contraste entre la realeza del Cercano Oriente y las oligarquías griega y romana. Estas oligarquías, aparentemente democráticas en forma política superficial e ideología santurrona, lucharon contra el concepto de la realeza. La fuente de esa oposición era que el poder real —o el de los “tiranos” domésticos— podría patrocinar lo que los reformadores democráticos griegos y romanos defendían: la cancelación de las deudas para salvar a las poblaciones de ser reducidas a la servidumbre por deudas y la dependencia (y finalmente a la servidumbre), y redistribución de tierras para evitar que su propiedad se polarice y concentre en manos de acreedores y terratenientes.
Desde el punto de vista actual de Estados Unidos, esa polarización es la dinámica básica del neoliberalismo patrocinado por Estados Unidos. China y Rusia son amenazas existenciales para la expansión global de la riqueza rentista financiarizada. La Guerra Fría 2.0 de hoy en día tiene como objetivo disuadir a China y potencialmente a otros países de socializar sus sistemas financieros, tierras y recursos naturales, y mantener públicos los servicios de infraestructura para evitar que sean monopolizados en manos privadas y, así, desviar las rentas económicas a expensas de la inversión productiva en el crecimiento económico.

Lo que hizo China y enojó al Imperio
Estados Unidos esperaba que China fuera tan crédula como la Unión Soviética y adoptara una política neoliberal que permitiera privatizar su riqueza y convertirla en privilegios de extracción de rentas, para venderla a los estadounidenses. “Lo que el mundo libre esperaba cuando dio la bienvenida a China al organismo de libre comercio [la Organización Mundial del Comercio] en 2001”, explicó Clyde V. Prestowitz Jr., asesor comercial de la administración Reagan, fue que, “desde el momento de la adopción de Deng Xiaoping de algunos métodos de mercado en 1979 y especialmente después del colapso de la Unión Soviética en 1992… el aumento del comercio y la inversión en China conduciría inevitablemente a la mercantilización de su economía y a la desaparición de sus empresas estatales”. [6]
Pero en lugar de adoptar el neoliberalismo basado en el mercado, se quejó Prestowitz, el gobierno de China apoyó la inversión industrial y mantuvo el control del dinero y la deuda en sus propias manos. Este control gubernamental estaba “en desacuerdo con el sistema global liberal basado en las reglas” a lo largo de las líneas neoliberales, que se habían impuesto a las antiguas economías soviéticas después de 1991.

Las quejas del Hegemón contra China
“Más fundamentalmente”, resumió Prestowitz:
“La economía de China es incompatible con las principales premisas del sistema económico global encarnadas hoy en la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y una larga lista de otros acuerdos de libre comercio. Estos pactos asumen economías que se basan principalmente en el mercado, con el rol del estado circunscrito, y las decisiones microeconómicas dejadas en gran medida a intereses privados que operan bajo un estado de derecho. Este sistema nunca anticipó una economía como la de China, en la que las empresas estatales representan un tercio de la producción; donde la fusión de la economía civil con la economía estratégico-militar es una necesidad del gobierno; donde los planes económicos quinquenales orientan la inversión a sectores específicos; donde un partido político eternamente dominante nombra a los directores ejecutivos de una tercera o más de las principales corporaciones y ha establecido células partidarias en todas las empresas importantes; donde el valor de la moneda es administrado, los datos corporativos y personales son recolectados minuciosamente por el gobierno para ser utilizados para el control económico y político; y el comercio internacional está sujeto a ser utilizado como un arma geopolítica en cualquier momento con fines estratégicos”.

La hipocresía asombrosa del Hegemón
Lo dicho por Prestowitz es una hipocresía asombrosa —como si la economía civil estadounidense no estuviera fusionada con su propio complejo militar-industrial, y no utiliza su moneda o comercio internacional como un arma para lograr fines (geo) estratégicos. Es un caso en el que la olla dice que la tetera no me tiznes, una fantasía que muestra a la industria estadounidense como independiente del gobierno. De hecho, Prestowitz instó a que “Biden debería invocar la Ley de Producción de Defensa para dirigir el aumento de la producción con sede en EE.UU. de bienes críticos como medicamentos, semiconductores y paneles solares”.
Mientras que los estrategas comerciales estadounidenses yuxtaponen la “democracia” estadounidense y el mundo libre con la autocracia china, el principal conflicto entre Estados Unidos y China ha sido el papel del apoyo gubernamental a la industria. La industria estadounidense se fortaleció en el Siglo XIX por el apoyo del gobierno, al igual que China lo está proporcionando ahora. Después de todo, esa era la doctrina del capitalismo industrial. Pero a medida que la economía estadounidense se financiarizo, se desindustrializó. China ha demostrado ser consciente de los riesgos de la financiarización y ha tomado medidas para intentar contenerla. Eso le ha ayudado a lograr lo que solía ser el ideal estadounidense de proporcionar servicios de infraestructura básica a bajo precio.
Aquí está el dilema de la política estadounidense: su gobierno apoya la rivalidad industrial con China, pero también apoya la financiarización y privatización de la economía nacional, la misma política que ha utilizado para controlar a los países “vasallos” y extraer su excedente económico mediante la búsqueda de rentas.

Las lecciones de China a Occidente
¿Por qué el capitalismo financiero estadounidense trata la economía socialista de China como una amenaza existencial?
El capital industrial financiarizado quiere un estado fuerte pero que se les sirva a ellos, no a la mano de obra, a los consumidores, el medio ambiente o el progreso social a largo plazo, a costa de erosionar sus ganancias y rentas.
Los intentos de EE.UU. de globalizar esta política neoliberal están llevando a China a resistir la financiarización occidental. Su éxito proporciona a otros países una lección objetiva de por qué evitar la financiarización y la búsqueda de rentas que aumentan los gastos generales de la economía y, por lo tanto, su costo de vida y de hacer negocios.
China también está brindando una lección práctica sobre cómo proteger su economía y la de sus aliados de las sanciones extranjeras y la desestabilización relacionada. Su respuesta más básica ha sido evitar que surja una oligarquía independiente, nacional o respaldada por el extranjero. Ese ha sido uno de los primeros y más importantes objetivos al mantener el control gubernamental de las finanzas y el crédito, la propiedad y la política de tenencia de la tierra en manos del gobierno, con un plan a largo plazo en mente.

Una lección desde la Edad de Bronce
Mirando hacia atrás en el curso de la historia, esta retención es cómo los gobernantes del Cercano Oriente de la Edad del Bronce evitaron que surgiera una oligarquía que amenazara las economías palaciegas del Cercano Oriente. Es una tradición que persistió a lo largo de la época bizantina, gravando las grandes agregaciones de riqueza para evitar una rivalidad con el palacio y su protección de una amplia prosperidad y distribución de tierras autosuficientes.
China también está protegiendo su economía de las sanciones comerciales y financieras respaldadas por Estados Unidos y la interrupción económica, al apuntar a la autosuficiencia en lo esencial. Eso implica independencia tecnológica y la capacidad de proporcionar suficientes recursos alimentarios y energéticos para sustentar una economía que pueda funcionar aislada del bloque unipolar estadounidense. También implica desvincularse del dólar estadounidense y de los sistemas bancarios vinculados a él y, por lo tanto, de la capacidad de Estados Unidos para imponer sanciones financieras. Asociado con este objetivo está la creación de una alternativa computarizada nacional al sistema de compensación bancaria SWIFT.
El dólar todavía representa el 80 por ciento de todas las transacciones globales, pero menos de la mitad del comercio chino-ruso actual, y la proporción está disminuyendo, especialmente porque las empresas rusas evitan que los pagos o las cuentas dolarizadas sean incautadas por las sanciones estadounidenses.
Estos movimientos protectores limitan la amenaza de Estados Unidos a la primera opción de Maquiavelo: destruir el mundo si no se somete a la extracción de rentas financiarizada patrocinada por Estados Unidos. Pero como Vladimir Putin ha planteado las cosas: “¿Quién querría vivir en un mundo sin Rusia?”

[1] Niccolo Machiavelli, El Príncipe (1532), Capítulo 5: “Sobre la forma de gobernar ciudades o principados que vivían bajo sus propias leyes antes de ser anexados”.
[2] Neera Tanden, “¿Debería Libia devolvernos el dinero?” memorando a Faiz Shakir, Peter Juul, Benjamin Armbruster y NSIP Core, 21 de octubre del 2011. El Sr. Shakir, a su favor, respondió: “Si creemos que podemos ganar dinero con una incursión, ¿lo haremos? Creo que ese es un grave problema de política / mensajería / moral para nuestra política exterior”. Como presidente del Center for American Progress, Tanden respaldó una propuesta del 2010 para recortar los beneficios del Seguro Social, lo que refleja el objetivo a largo plazo de Obama-Clinton de austeridad fiscal, tanto en el país como en el extranjero.
[3] Zbigniew Brzezinski, The Grand Chessboard: American Primacy and its Geoestrategic Imperatives (Nueva York: 1997), p. 40. Ver la discusión de Pepe Escobar, “Para Leviatán, hace tanto frío en Alaska”, Unz.com, 18 de marzo de 2021.
[4] Brzezinski, ibid., Pág. 55.
[5] Brzezinski, “Towards a Global Realignment”, The American Interest (17 de abril de 2016). Para una discusión, consulte Mike Whitney, “The Broken Checkboard: Brzezinski se rinde ante el imperio”, Counterpunch, 25 de agosto de 2016.
[6] Clyde Prestowitz, “Blow Up the Global Trading System, Washington Monthly , 24 de marzo del 2021.

Michael Hudson es un economista estadounidense, profesor de economía en la Universidad de Missouri-Kansas City e investigador del Levy Economics Institute en Bard College, ex analista de Wall Street, consultor político, comentarista y periodista.

Texto original: https://michael-hudson.com/2021/04/americas-neoliberal-financialization-policy-vs-chinas-industrial-socialism/
Traducción: A. Mondragón

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