El acto final de Trump aceleró el inicio de un mundo post-estadounidense

El presente artículo de Richard Haass —presidente del Council on Foreign Relations (CFR) y, como tal, vocero principal de la élite occidental que ha regido los destinos del mundo desde principios del Siglo XX— refuerza lo que nosotros advertimos aquí, al decir que la élite estadounidense utilizará a Donald Trump como el chivo expiatorio, para acusarlo de ser el causante del fin de la era imperial estadounidense. Pero Haass soslaya abiertamente las fallas sistémicas que, advertidas desde hace décadas, fueron socavando los cimientos el Sistema Mundo Occidental, que dará pasó a un Nuevo Sistema Mundo Euroasiático. ¿Por qué? Por una razón histórica e ineludible como lo explica Immanuel Wallerstein: “Todos los sistemas tienen ritmos cíclicos; es como subsisten y abordan sus inevitables fluctuaciones. La otra tiene que ver con la manera en cómo funciona el capitalismo en tanto sistema-mundo, lo cual incluye dos temas importantes: cómo obtienen utilidades los productores y cómo garantizan los estados el orden mundial en el cual dichos productores pueden obtener utilidades”. Hoy en día solo China puede ofrecer esa “garantía” y junto con el resto de Eurasia están en camino de asumir ese rol a lo largo del Siglo XXI, a pesar de las reticencias entendibles del Sr. Haass, entendible por la posición que él ocupa —aunque admite tácitamente lo que nosotros venimos sosteniendo en nuestro portal. En todo caso aquí lo importante no es el mensaje, ya conocido, sino el mensajero.

Por Richard Haass

Desde el principio, la esencia de la política exterior de Trump fue la interrupción de acuerdos y políticas que, en gran medida, sirvieron bien a Estados Unidos durante tres cuartos de siglo —algo que expuse el año pasado en un ensayo de Foreign Affairs titulado “Presente en la disrupción”. La abrupta retirada del presidente Donald Trump de acuerdos y organizaciones de larga data, sus ataques a (nuestros) aliados, su aceptación de gobernantes autoritarios y su desprecio por las violaciones de los derechos humanos, su hábito de anunciar cambios de política en Twitter con poca o ninguna consulta: todo esto, como yo expliqué, daría como resultado una marcada disminución de la influencia de Estados Unidos, en beneficio de China, Irán y Rusia y en detrimento de los esfuerzos globales para abordar el cambio climático, las enfermedades infecciosas, la proliferación nuclear y las ciberamenazas.

Pero el daño causado por los eventos en Washington el 6 de enero —la anarquía y la violencia en el Capitolio de los Estados Unidos y la negativa de Trump y decenas de miembros republicanos del Congreso a aceptar los resultados de las elecciones presidenciales de noviembre— será aún mayor sobre la política exterior de Estados Unidos, así como sobre la democracia estadounidense. Hemos pasado de “estar presentes en la interrupción” a estar “presentes en la destrucción”. Lo que ocurrió la semana pasada fue un fracaso claramente estadounidense, pero las consecuencias van mucho más allá de las costas estadounidenses. Un mundo post-estadounidense, uno que ya no está definido por la primacía de Estados Unidos, llegará antes de lo que generalmente se espera —menos por el inevitable ascenso de otros que por lo que Estados Unidos se ha hecho a sí mismo.

 

El mundo entero nos está viendo

Durante mucho tiempo, el mundo ha prestado mucha atención a los eventos en los Estados Unidos: el movimiento por los derechos civiles y las protestas de la Guerra de Vietnam en las décadas de 1950 y 1960, Watergate, la crisis financiera del 2008 y, durante los últimos cuatro años, Charlottesville, el asesinato de George Floyd y los fracasos de Estados Unidos para enfrentar la pandemia de COVID-19. Pero el asedio y ocupación del Capitolio el 6 de enero fue algo distinto: el presidente de los Estados Unidos, junto con muchos simpatizantes y facilitadores en el Congreso y en todo el país, incitaron o llevaron a cabo la violencia con el objetivo de subvertir la democracia estadounidense. (También hubo una falla en las agencias policiales, lo que reforzó las preguntas sobre la incompetencia estadounidense planteadas por la respuesta defectuosa al COVID-19 y un ciberataque no detectado por Rusia).

Las imágenes reforzaron la sensación entre otras democracias de que algo anda muy mal en y con Estados Unidos. ¿Cómo fue, preguntaron, que tantos estadounidenses pudieran votar por un líder que, incluso antes de la semana pasada, había atacado instituciones judiciales y mediáticas independientes, se había negado a dar un fuerte ejemplo frente a una pandemia altamente letal y había violado muchas de las leyes y las normas políticas más antiguas de su país? Su temor es que incluso después de que Trump deje la Oficina Oval, permanecerá en la escena política, influyendo en la política estadounidense y dominando al Partido Republicano durante algún tiempo; La restauración de un comportamiento estadounidense más tradicional bajo Joe Biden y Kamala Harris, desde la perspectiva de la mayoría de los aliados de Estados Unidos, sólo podría resultar en un respiro limitado y temporal.

 

Ignorando a los Estados Unidos

Como resultado, los aliados no tienen más remedio que cuestionar su decisión de confiar su seguridad a Estados Unidos. Ya había dudas en este frente, como resultado de algunas acciones durante la administración Obama y aún más bajo Trump (atacar a los aliados, coquetear con dictadores, actuar de manera unilateral e impredecible). Tales dudas significan una mayor tendencia de otros países a ignorar las súplicas de Estados Unidos y a tomar las cuestiones políticas en sus propias manos, ya sea apaciguando a vecinos poderosos o aumentando (y utilizando) su propia fuerza militar. Los signos de esto ya son evidentes en Oriente Medio, Europa y Asia: la guerra saudí en Yemen, la participación de Turquía en Siria y el apoyo a Azerbaiyán en Nagorno-Karabaj, el tratado de inversión de la Unión Europea con China, y el bloque comercial de Asociación Económica Integral Regional en Asia. El resultado será un mundo más violento y menos abierto política y económicamente, y en el que Estados Unidos conservará una influencia o poder significativo pero ya no dominante.

La violencia en el Capitolio debilitará, en particular, la capacidad de Estados Unidos para defender la democracia y el estado de derecho [Nota del Traductor: Realmente el poder de imponer su Quinta Libertad, como dice Noam Chomsky, “La Libertad de saquear y explotar”, la de imponer su voluntad a los demás]: imagínense los gritos de hipocresía la próxima vez que Washington dé una conferencia o sancione a otro gobierno por su comportamiento. Los regímenes autoritarios como el de China ya se están regodeando, argumentando que las escenas de la semana pasada demuestran tanto la superioridad de su modelo como la hipocresía de los funcionarios estadounidenses cuando critican la represión en Hong Kong o la represión en Xinjiang. Análogamente, los argumentos en contra de la propagación de las armas nucleares, alegando que otros países no son lo suficientemente estables o responsables, suenan vacíos cuando el comandante en jefe de la potencia nuclear más importante del mundo parece carecer de esos atributos.

 

¿EE.UU. está auto-consciente?

Como ocurre con las personas, la reputación de los países es más fácil de derribar que de construir. Sin embargo, es necesario hacer todo lo posible para reparar el daño, tanto por el bien de Estados Unidos como por el resto del mundo. Incluso en un mundo post-estadounidense, el poder y la influencia de Estados Unidos siguen siendo sustanciales, y las probabilidades de construir un orden internacional estable, abierto y eficaz son casi inexistentes sin una importante contribución de Estados Unidos.

Se requiere algo de autoconciencia. Estados Unidos no es tan único como muchos estadounidenses creen, incluso cuando se trata de la amenaza de un retroceso democrático. Lo que ha sucedido debería poner fin a la noción de excepcionalismo estadounidense, de una ciudad eterna y brillante sobre una colina.

 

Algunos remedios para comenzar

La administración entrante de Biden haría bien en posponer los planes anunciados de convocar una reunión de las democracias del mundo, hasta que la propia casa de Estados Unidos esté en mejor orden. Eso requerirá tomar algunas medidas sencillas e inmediatas, como lanzar un organismo como la Comisión del 11 de Septiembre, para investigar cómo el Capitolio quedó tan vulnerable a una amenaza tan conocida y presentar recomendaciones para solucionar las deficiencias de seguridad, incluidas las derivadas del mosaico de gobernanza de la capital de la nación. También es esencial llevar ante la justicia a la mayor cantidad posible de personas involucradas en actos ilícitos, tanto para dejar en claro que tal comportamiento tiene consecuencias, como para indicarle al mundo que no se permitirá que tal ruptura del orden público se convierta en una condición permanente.

 

Un esfuerzo a largo plazo

Pero gran parte de lo necesario exige un esfuerzo a más largo plazo. El país debe abordar la desigualdad, que ha empeorado sustancialmente en la recesión inducida por la pandemia, tanto en los ingresos como en el acceso a la educación y otras oportunidades; tales condiciones dan lugar a una frustración comprensible y alimentan el populismo y el radicalismo, de izquierda y derecha. Un desafío particular es la dirección del Partido Republicano. La democracia estadounidense no puede funcionar si uno de sus partidos principales rechaza la noción de oposición leal y se define a sí mismo no en términos de lo que puede hacer, sino solo en términos de lo que puedan rechazar.

Algunos cambios de procedimiento —primarias abiertas, votación por orden de preferencia, pasos para facilitar la votación, ya sea en persona o por correo— pueden ayudar. Por lo tanto, se reduciría la manipulación, ya sea a través de una acción judicial o mediante el trabajo de comisiones bipartidistas para rediseñar los distritos del Congreso. Al final del día, sin embargo, dependerá de los votantes. Tendrán que decidir si los que permitieron a Trump merecen su apoyo en el futuro. Los republicanos deben decidir si su partido será más conservador que radical (y si la mayoría opta por lo último, los conservadores tendrán que decidir si se escapan y forman un nuevo partido). La forma en que los demócratas ejerzan su control actual del poder ejecutivo y de ambas cámaras del Congreso —ya sea que se considere que gobiernan desde el centro o desde la izquierda— también tendrá un efecto significativo.

 

Una agenda vasta y ambiciosa

Cambiar la cultura política estadounidense exige una agenda ambiciosa y de amplio alcance. Requiere contrarrestar a los elementos perniciosos de las redes sociales, que tienen la tendencia de llevar a las personas a voces e información que se ajustan a sus propios puntos de vista. Hay que reinvertir en la educación cívica —el ADN de la democracia no se transmite automáticamente de generación en generación. Y se requiere revisar la noción del servicio nacional. Estados Unidos es cada vez más un país de múltiples naciones —dividido por geografía, raza, experiencia, educación e inclinaciones políticas. El servicio nacional no significa solo el servicio militar, ni tiene que ser obligatorio. Pero para que las diferencias al interior de Estados Unidos no sean la ruina del país, más jóvenes estadounidenses deben reunirse y trabajar juntos con personas de otras clases, colores, religiones y orígenes.

 

El carácter de Estados Unidos

En última instancia, muchos de los cambios más importantes no se pueden imponer ni legislar. Lo que está en juego es el carácter. Los Estados Unidos pueden considerarse a sí mismos como una nación de leyes, pero las leyes pueden prescribir o proscribir sólo hasta cierto punto. Las normas son el pilar fundamental de una democracia, y alientan a quienes tienen el poder a hacer lo correcto en lugar de simplemente abstenerse de hacer lo que es ilegal. Donald Trump ha sido un violador en serie de las normas. El Congreso puede abordar algunas de sus prácticas más atroces mediante cambios en la ley, y la Casa Blanca de Biden puede ayudar trabajando con el Congreso para hacer retroceder algunas prerrogativas presidenciales. Pero al final, lo que más importará es cómo se comportan los líderes y ciudadanos de la nación. [Nota del Editor: Es curioso ver que Haass da a entender que las fallas del sistema están en la personas, no en el sistema, aun cuando como nosotros hemos señalado en nuestro portal —basados en los trabajos de Immanuel Wallerstein, entre otros—lo que estamos viendo es el colapso final del fallido Sistema Mundo Occidental, que EE.UU. lo lidero firmemente con el “garrote y la zanahoria” en los últimos 75 años.]

 

Un día que vivirá en la Infamia

El 6 de enero es un día que vivirá —y debería— vivir en la infamia. Podemos esperar que proporcione un impacto útil al cuerpo político. Pero las crisis no siempre provocan el cambio necesario. Debemos verlo como una prioridad nacional.

La historia es útil aquí. Fue el impacto de la Gran Depresión lo que estimuló el New Deal y Pearl Harbor lo que puso fin al aislacionismo estadounidense. Si el 6 de enero conduce a un examen de conciencia colectivo y una reforma interna, Estados Unidos puede comenzar a recuperar el poder blando y duro que necesitará para ayudar a manejar la rivalidad entre las grandes potencias y hacer frente a los desafíos globales; como siempre, la política exterior comienza en casa. Un mundo post-estadounidense no estará dominado por Estados Unidos, pero eso no significa que tenga que ser dirigido por China o definido por el caos.

Richard Haass, ha sido funcionario del Pentágono, además de ser un “asistente especial” de George Bush padre y consultor de las dos guerras de EE.UU. contra Irak. En la actualidad preside el Council on Foreign Relations (Consejo de Relaciones Exteriores), la entidad formada por la élite occidental que ha regido los destinos del mundo desde principios del Siglo XX.

Texto original:

https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2021-01-11/present-destruction

Traducción: A. Mondragón

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