En Seattle, EE.UU., un Déjà Vu de Yugoslavia

Stephen Karganovic
La gente sensata, con un mínimo de perspectiva histórica, se está planteando la cuestión que, hasta hace poco, sólo se atrevían a susurrar: ¿Quo vadis Estados Unidos de América?
Podemos delegar a los especialistas el debate sobre la naturaleza y las causas de los actuales disturbios en EE.UU. Pero el enfoque no se trata de eso, sino de una de las características más ominosas de la crisis, cualquiera que sea su origen. A principios de junio, en el barrio de Capitol Hill en la ciudad de Seattle, por primera vez desde la Guerra Civil en el decenio de 1860, se estableció algo que pretende ser un competidor del gobierno federal en el territorio de los Estados Unidos.
Hasta ahora, las fuerzas organizadas de la sociedad, el gobierno legítimo (¿deberíamos decir condescendientemente, el “reconocido internacionalmente”?), no han reaccionado a ese desafío de ninguna manera, salvo a someterse mansamente a algunas de las demandas más escandalosas de los usurpadores. Hasta ahora, esas demandas se han centrado, principalmente, en cuestiones preliminares como la de “desfinanciar” a las fuerzas policiales locales y restringir la gama de instrumentos que dispone el gobierno para hacer frente a la anarquía.

Ver con perspectiva histórica
La desmoralización y desorientación resultante de la fuerza policial, engendrada por la capitulación cobarde y políticamente miope de los dirigentes políticos de la ciudad de Seattle y del estado de Washington, tendrá, sin duda, graves consecuencias más adelante. En un futuro próximo, los terroristas tontamente envalentonados tendrán que ser reprimidos por esos mismos policías (tal vez incluso con la ayuda de las tropas del ejército regular), una vez que se multipliquen los males liberados de la caja de Pandora y el colapso civil se haga extensiva e intolerable.
El don de la profecía es innecesario, solo es suficiente tener la perspectiva histórica —“La historia es un síntoma de nuestras enfermedades”, le dijo Mao a Nixon en 1973— para prever con precisión la propagación gangrenosa del modelo del Capitol Hill en otras partes del país, una vez que los escuadrones de matones entrenados, listos y a la espera de que las autoridades demuestren su irresponsabilidad, reciban el mensaje de que pueden participar en desórdenes y saqueos sin repercusiones.

Nuevas “zonas liberadas”
Como era de esperar, ahora están surgiendo nuevas “zonas liberadas”, dirigidas por elementos que, en otros lugares, no serían descritos incorrectamente como terroristas, en Portland, Atlanta y Minneapolis. Y para remarcar el punto de que la balcanización se convierta en una realidad, el caudillo local de Seattle y sus secuaces han puesto carteles muy provocativos en los puntos de salida de su dominio ilegalmente confiscado, que dicen: “Está entrando en los Estados Unidos de América”.
Esto todavía no es una repetición americana de la Rusia de 1917, pero podría estar acercándose a la Rusia de 1905. O, para sugerir una analogía contemporánea y tal vez más significativa, puede ser una recreación de las etapas iniciales del proceso de disolución de Yugoslavia, detonado a principios de la década de 1990.
Dado que se reconocen debidamente las diferencias técnicas menores (el colapso yugoslavo se indujo con las tensiones étnicas como principal impulsor, mientras que en EE.UU. ese papel se asigna a las tensiones raciales), siguen existiendo amplias analogías impresionantes. A principios de los 1990’s, en Yugoslavia el gobierno federal también estaba desunido en su propósito y programa político. Los separatismos latentes —que habían mantenido un perfil bajo mientras la economía era buena y, sobre todo por inercia, porque la idea centralista todavía gozaba de cierto prestigio— surgieron de repente como opciones respetables y empezaron a atraer adeptos.

La “muerte de Yugoslavia”
Entonces la violencia estalló en determinados puntos de Yugoslavia (todavía no está claro quién los seleccionó y según qué criterios), como para poner a prueba la voluntad y la capacidad de las desconcertadas estructuras gubernamentales, a cargo de proteger a los ciudadanos e imponer el orden. Las demandas de reconfigurar la federación yugoslava, en lugar de contener directamente de la creciente marea de desorden, fueron presentadas por los líderes locales demagógicos y captaron la atención de un público dividido y confundido. Pronto quedó claro que el objetivo de los demagogos no era mejorar la federación, sino incautar partes de ella y convertirlas en sus propios feudos “independientes”. Con la creciente irrelevancia de las autoridades centrales, se impuso la mediación internacional, que favorecía inequívocamente a las fuerzas centrípetas. Así se aseguró la “muerte de Yugoslavia” (como alguien famoso lo dijo), y los que dirigieron el proceso estaban obviamente interesados en que el rigor mortis del difunto fuera lo más incontrolable y violento posible.
Yugoslavia hubiera sobrevivido si los elementos influyentes del aparato de gobierno hubieran visto que, al tratar de tomar ventaja para ellos mismos, estaban contribuyendo a socavar su vitalidad y cohesión. Es una cuestión intrigante si previeron o no con precisión las consecuencias finales de su conducta, pero por el momento puede dejarse de lado. Los destructores de fuera del sistema y sus facilitadores de dentro del sistema trabajaron en tándem, porque vieron que sus agendas separadas convergieron en ciertos puntos clave. En última instancia, los habilitadores del sistema pusieron en marcha las fuerzas que socavaron su propia autoridad, y cuando el humo se disipó, fueron barridos sin ceremonias.

Los gamberros a cargo de la “zona liberada”
Sólo alguien cognitivamente disonante o voluntariamente ciego, no percibirá un patrón perturbadoramente similar que se está desarrollando en la América post-coronavirus.
Aquí hay un ejemplo que debería hacer sonar las alarmas. En la ya arraigada “zona autónoma” de Seattle, hace unos días, se produjo un asesinato y otro ciudadano resultó herido en el tiroteo. Pero aquí está el problema: “El tiroteo ocurrió alrededor de las 3 a.m., en un área cercana al centro conocida como el CHAZ, abreviatura de ‘Zona Autónoma del Capitolio’, dijo la policía en una declaración en Twitter. El departamento de policía de Seattle afirmó en un comunicado de prensa, el sábado por la mañana, que cuando los agentes respondieron a los informes de disparos dentro de la zona de protesta, “se encontraron con una multitud violenta que impidió a los agentes el acceso seguro a las víctimas”. Se impidió con éxito que la policía realizara una de sus funciones básicas, en este caso no el control de la turba, sino simplemente la investigación de la escena del crimen y la asistencia a las víctimas.
Los gamberros enviaron entonces un claro mensaje de quién está a cargo: “La policía fue informada más tarde de que los propios médicos de los manifestantes transportaron a las dos víctimas de heridas de bala a un hospital, según el departamento” policial.
Las autoridades de la ciudad pusieron el rabo entre las piernas y no hicieron nada al respecto. Los habitantes de la ex Yugoslavia no tendrían dificultad en interpretar el significado portentoso de este incidente, comparativamente menor, y sacar las conclusiones adecuadas de él.

Los policías no quieren ser carne de cañón
¿Debería sorprender entonces que la policía de Atlanta esté inventando pretextos para no venir a trabajar y que se niegue, cada vez más, a responder a las llamadas de emergencia al 911? La justificación que han dado, de que están actuando en solidaridad con uno de sus colegas que está siendo procesado criminalmente por dispararle mortalmente a un hombre negro en circunstancias controvertidas, suena bastante bien. Pero su preocupación subyacente es bastante seria, y es un síntoma de la lenta desintegración del sistema. Los policías ven lo que está escrito en la pared y saben que las normas estándar para tratar con la anarquía han sido suspendidas. No quieren arriesgarse a ser expuestos a cargos criminales por tomar una decisión políticamente incorrecta en una situación tensa. Muy sensatamente, prefieren no ser carne de cañón en los juegos de confrontación entre las diversas facciones de la élite política.
El proceso de demolición controlada ha comenzado y está en sus etapas iniciales. A menos que se tomen, ahora mismo, medidas firmes y decisivas para contrarrestarlo con métodos más civilizados y profesionales, y menos inflamatorios —que los aplicados a la Secta de los Davidianos en Waco, Texas, en 1993— las tendencias emergentes serán a cada paso más difíciles de controlar y revertir. Las fuerzas policiales son, por definición, la primera línea de defensa de una sociedad cohesiva y ordenada. Su desmoralización y la retirada del apoyo social para la correcta ejecución de su tarea, no augura nada bueno para el corpus político en cuestión.
Todo esto puede ser música para los oídos del profesor Panarin, por supuesto que limitado a su capacidad de predictor académico de las tendencias políticas (y aquí). Panarin, sin embargo, tiene el privilegio de ver el desarrollo de sus ideas cada vez más de moda desde una distancia segura. El espectáculo es menos divertido de ver desde la zona cero.

Stephen Karganovic Presidente del Proyecto Histórico de Srebrenica

Texto original: https://www.strategic-culture.org/news/2020/06/25/in-seattle-a-yugoslavia-deja-vu/
Traducción: A. Mondragón

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