La codicia advertida que aniquiló el modelo de Occidente

Cuando Mao le dijo a Nixon: “La historia solo es un síntoma de nuestras enfermedades”.

China emergió como el nuevo timonel del mundo. Un crecimiento exponencial en las últimas dos décadas le franqueó el liderazgo planetario. Los anglosajones necesitaron casi dos siglos para consolidarse a través de sus megacorporaciones, pero la codicia desmesurada los ha llevado a su aniquilación. El oráculo que se los advirtió fue nada menos que Mao Tse Tung.

Por Wilder Buleje
“La historia solo es un síntoma de nuestras enfermedades”. Richard Nixon escuchó esa reflexión de Mao Tse Tung en 1972, sin asumir que esa frase escondía una mortal crítica al modelo capitalista occidental que lideraba Estados Unidos. Además tenía una carga premonitoria que ahora mismo, después de 47 años, está en pleno desarrollo.
China estaba bajo un régimen comunista que sería enterrado sin drama junto a Mao en 1976. Ese año será recordado como el inicio del cambio para el gigante asiático y el punto de partida para un arrollador crecimiento desde finales de la década de 1990. Ha sido de tal magnitud el éxito del modelo capitalista chino que, ahora mismo, figura como la nueva fuerza hegemónica del planeta.
Las grandes fortunas de Europa que migraron en el Siglo XVIII a Estados Unidos para incrementar su patrimonio, necesitaron casi dos siglos para alcanzarla a escala planetaria con sus megacorporaciones. Los chinos requirieron menos de décadas para superar los afanes de los mercaderes de occidente. Incluso mejoraron la feroz marca de los Rockefeller que en dos generaciones extendieron su influencia comercial y económica en el mundo.
La interrogante se escribe sola: ¿Por qué?

Los oráculos estadounidenses
Porque China nunca separó al país del pueblo —férrea unidad como raza milenaria e indivisible como una civilización-estado, han sido dos de sus claves. Tampoco dejaron que la codicia se impusiera a la ambición —no confundieron inteligencia con astucia.
Los chinos siempre un paso adelante preservaron una civilización milenaria y le dieron forma de Estado para adecuarse a los tiempos que corren. En cambio, las fuerzas que dominan Estados Unidos, espoleados por la voracidad, crearon una élite militar rapaz y una clase política indolente que abandonó a la población —la clase media sigue en declive desde hace tres décadas— y los dejó inermes ante las poderosas fuerzas de un mercado implacable.
Las voces que denunciaron esa atrocidad no fueron escuchadas y sus discursos fueron enterrados por el estruendo de una prensa sumisa y políticos cobardes. Dos expresidentes estadounidenses, Ike Einsehower y John F. Kennedy, y uno de los hombres mejor dotados de la inteligencia militar, Leroy Fletcher Poutry, dieron la advertencia, pero el poder oculto sepultó esas voces dentro de sus tumbas.
Ese Estado Profundo jamás imaginó que ahora lamentarían ese triunfo como Pirro lo hizo en su momento: “Otra victoria así y habremos perdido la guerra”.
Por lo pronto, los milmillonarios anglosajones conservarán sus enormes fortunas, atesorarán sus joyas, exhibirán sus ganancias, pero las decisiones fundamentales ya no formarán parte del poder colosal que ostentaban. El jefe ya no hablará en inglés sino en chino mandarín.

Militarismo en franca retirada
El militarismo de la élite que gobierna Estados Unidos pensó que la fuerza –lanzando misiles a diestra y siniestra– bastaba para mantener el control del mundo. La realidad en este 2019, dos siglos después de un estéril belicismo, demuestra que no.
China en su devenir cerró una alianza provechosa con Rusia. En esa sociedad los rusos funcionan como una poderosa fuerza de disuasión en el orbe. La Madre Rusia, al igual que China, trata a sus hijos con deferencia y no los abandona. Opera como nación —el presidente Putin se lanzó a esa tarea después que Boris Yeltsin dejara que Occidente llevara a la bancarrota a Rusia en los 1990’s—. La asociación sino-rusa es la fórmula que les resultó provechosa y que puede extender la nueva hegemonía por muy largo tiempo.
Dentro de dos años el Partido Comunista Chino celebrará un siglo de existencia. El 2021 será la excusa perfecta para organizar la fiesta en la cual el mundo conocerá al nuevo líder del planeta. Y esa fecha está a la vuelta de la esquina.

Ambición de desarrollo sin codicia
Quizá en ese futuro próximo la construcción de Eurasia haya empezado con los mejores auspicios y el mundo avizore un futuro espléndido. El gas del Lejano Oriente y del Mediterráneo fluirá hacia Europa a través del poliducto que atravesará la ahora golpeada Siria.
También América en su conjunto tendrá la oportunidad de participar de esa nueva Ruta de la Seda y disfrutará los beneficios de un sistema que valore la ambición, pero que destierre la codicia.
Será menester que China y Rusia entiendan que esta parte del mundo —Latinoamérica— aprecia la vida en común y rechaza la violencia, así como a los rufianes que enmascaran sus actos ilícitos con el manejo de estados fallidos.

Ser una civilización milenaria
Hace una década un joven ejecutivo chino respondió a la ironía del pauperizado régimen comunista de Mao Tse Tung con la presente bonanza capitalista de China: “Mao… cuarenta años nomá… China más de cinco mil años”.
Esa es la ventaja de China sobre cualquier otra nación. A lo largo de estos milenios han conservado la unidad, el conocimiento, y han perfeccionado los aportes de otras regiones del mundo. En América Latina las grandes civilizaciones (aztecas, mayas, incas) fueron destruidas por los conquistadores. La transmisión de conocimientos quedó trunca.
Por eso los chinos —con sapiencia y sabiduría— han aprovechado los avances tecnológicos mejor que nadie. Y la era digital les permitió dar un salto cuántico imprevisible.
Tal como Alexandr Mondragón lo anunció a finales de 2017, con el artículo de la Muralla Invisible, el mundo empezó a tomar conocimiento de los cambios en el tablero mundial.

Testigos privilegiados de un momento histórico
Las dos guerras mundiales, la derrota del nazismo, la caída del Muro de Berlín, el desplome de la Unión de Repúblicas Socialistas de la Unión Soviética, el atentado contra las Torres Gemelas, la elección de un presidente negro en Estados Unidos –aunque magnificados por los Controladores Mentales de Occidente– son solo hechos anecdóticos ante el pasado milenario y el nuevo tsunami de cambios bajo el pulso del timonel chino.
Somos testigos privilegiados de este momento. El anuncio ya se hizo, la partida de nacimiento ya está extendida y los estertores del cambio son tan elocuentes que resta poco por decir.
Este proceso superará largamente la expectativa de vida de la generación que viene del Siglo XX. Dentro de algunas décadas quizá este legado haya sido olvidado por un mundo frenético que convive en paz. Ojalá ese destino se materialice. Que traten de rescatar una enseñanza que nadie imaginaba en nuestro tiempo: Los “comunistas chinos” usaron un hábito ilusorio, debajo del cual arropaba a un monje sabiamente capitalista.
Que la humanidad en su conjunto –y no sojuzgada por una élite indolente– cambie para mejor.

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